jueves 9 de julio de 2009

Elogio a la Locura


Capítulo XV


Pero ¿por qué hablo tanto de los mortales? Examinad el cielo todo e insúlteme quienquiera si encuentra en alguno de los dioses, fuera de lo que deben a mi poder, algo que no sea áspero y desdeñable. ¿Por qué Baco ha sido siempre efebo y le ha adornado poblada cabellera? Porque, insensato y borracho, se ha pasado la vida entera en banquetes, danzas, cantos y diversiones, sin tener nunca el menor trato con Palas. Por ello está tan lejos de querer ser tenido por sabio, que goza con que se le honre por medio de burlas y farsas y no se ofende por aquel dicho que le atribuye el dictado de necio cuando afirma que «tiene aún más de necio que de pintarrajeado». Precisamente le dieron este último título por la licencia que acostumbraban a tomarse los vendimiadores de embadurnar con mosto e higos nuevos la estatua sedente del dios colocada en la puerta de su templo. Y la antigua comedia, ¿acaso dice algo de él que no suene a vituperio? «¡Oh estúpido dios -dicen- y digno de nacer del muslo de Júpiter!»
Pero ¿quién no preferiría ser necio e insulso como éste y estar siempre de fiestas, siempre joven, siempre pródigo en diversiones y placeres para todo el mundo, a ser como ese taimado Júpiter, que infunde temor a todos, o como Pan, que con sus tumultos pánicos todo lo confunde, o como el tiznado Vulcano, siempre sucio del trabajo de su taller, o como la misma Palas, a la que hacen terrible su lanza y el escudo con la Gorgona, y cuya mirada siempre es hiriente?
¿Por qué es siempre niño Cupido? ¿Por qué, sino por ser un bromista y no hacer ni pensar nada a derechas? ¿Por qué la áurea Venus conserva constantemente la belleza? Sin duda porque tiene conmigo parentesco, de lo que viene que su rostro tenga color parecido al de mi padre y por tal razón Homero la llama «dorada Afrodita». Además está sonriendo de continuo, si hemos de creer sólo en esto a los poetas y a sus émulos los estatuarios. ¿A qué dios dieron culto con mayor piedad los romanos que a Flora, madre de todas las voluptuosidades?
Sin embargo, si alguien consulta atentamente en Homero y en los demás poetas la vida de los dioses severos, la encontrará llena de estulticia por entero. ¿Vale la pena recordar las hazañas de los restantes, cuando tan bien conocéis los amores y frivolidades del mismo Júpiter fulminador, o como la severa Diana, olvidada del pudor del sexo, no iba a la caza de otra cosa que de Endimión, por quién se moría? Prefiero, empero, que los dioses oigan a Momo reprochar sus bellaquerías, ya que de él es de quien antaño las oían con frecuencia.
De ahí viene que, indignados, le precipitasen a la Tierra, junto con Até, porque con su sabiduría resultaba importuno para la felicidad de aquéllos. Ningún mortal ha querido desde entonces dar hospitalidad al desterrado, y nada sería más difícil que encontrársela en los palacios de los príncipes. En éstos, precisamente, está en el candelero mi compañera la Adulación, la cual no convive mejor con Momo que el cordero con el lobo. Así los dioses, libres de él, se divirtieron con mayor licencia y placer, y, carentes de censor, hicieron realmente, según dice Homero, «lo que les pareció mejor».
¿Qué entretenimientos no ofrece aquel Príapo de higuera? ¿Qué diversión no producen los hurtos y mixtificaciones de Mercurio? Y el propio Vulcano acostumbra hacer de bufón en los convivios de los dioses, no sólo con su cojera, sino también con sus ocurrencias y sus ridículos dichos que desternillan de risa a la partida de bebedores. Y también Sileno, aquel viejo enamorado que suele bailar el «córdax» con Polifemo al son de la lira, mientras las ninfas danzan la «gymnopaidía»; los sátiros semicaprinos representan las «atelanas»; Pan, con alguna estúpida cancioncilla, hace reír a todo el mundo, puesto que la prefieren a escuchar el canto de las musas, sobre todo cuando el vino ha empezado a empaparles. ¿Hará falta que recuerde las cosas que hacen los dioses cuando están bien bebidos? Son, por Hércules, tan estúpidas que, yo misma a veces no puedo contener la risa. Pero mejor será acordarse de Harpócrates a este propósito, no sea que nos escuche algún Dios fisgón explicar estas mismas cosas que no le fueron permitidas a Momo.


Erasmo de Rotterdam

miércoles 1 de julio de 2009

Que el cielo la juzgue


FICHA TECNICA


TITULO ORIGINAL
Leave Her to Heaven
AÑO
1945
DURACIÓN
110 min.
GUIÓN
Jo Swerling
MÚSICA
Alfred Newman
FOTOGRAFÍA
Leon Shamroy
PRODUCTORA
20th Century Fox
GÉNERO Y CRÍTICA
Melodrama. Intriga
Estreno
lunes 1 enero 1945



SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Rick Harland es, además de un hombre afable y tranquilo, un novelista de éxito, que lleva una plácida existencia lejos del mundanal ruido, en compañía de su hermano menor, y físicamente impedido, Danny. En un viaje que realiza para visitar a su viejo amigo y abogado Glenn, conoce a una hermosa y enigmática muchacha, Ellen, de la que se enamora pérdidamente. Su sentimiento amoroso se ve felizmente correspondido, y Ellen, que, casualmente, se dirige a visitar, en compañía de su madre y de su prima Ruth, a la misma persona que Rick, rompe su compromiso con un prometedor político (Russell Quinton), y se casa poco menos que súbitamente con su nuevo y fulgurante amor. Las dificultades no tardan en surgir cuando Ellen, de una forma cada vez más obsesiva y caprichosa, pretende de forma sistemática apartar a Rick del contacto con cualquier persona que no sea ella misma, intentando hacer de la vida de la pareja una búrbuja totalmente aislada del mundo exterior. Y las formas de eliminar los obstáculos que se interponen entre ella y sus pretensiones serán cada vez más mortíferas...

RESEÑA CRÍTICA.-

John M. Stahl ha pasado a la historia de la cinematografía como un director que, sin llegar a la altura de los grandes maestros de su época (Ford, Capra, Lubitsch, Walsh ...), sí que desempeñaba su oficio con notable solvencia y, muy particularmente, se movía con especial delectación en el ámbito del melodrama, el plato fuerte de su catálogo creativo, y género por el que consiguió un renombre y reconocimiento que aún perdura en nuestros días (no nos queda demasiado lejana –año 2000- la retrospectiva que le brindó el Festival Internacional de Cine de Donostia).

Ésta –que terminaría siendo, con motivo de su muerte pocos años después –en 1949-, una de sus últimas películas- constituye una muestra muy propia de ese buen hacer, erigiéndose como un magnífico drama, henchido de las pasiones y avatares que suelen constituir el tejido narrativo del género, pero que va algo más allá, para introducirse (aun sin llegar, probablemente, a esas profundidades psicológicas que sí alcanzaron obras maestras cercanas en el tiempo –y recuerdo, en este momento, Laura, de Otto Preminger, o Vértigo (De entre los muertos), de Hitchcock-) por vericuetos exploratorios de fondos humanos y ofrecernos el dibujo de corrientes subterráneas más sutiles y ocultas que las que habitualmente muestran films más "livianos".

En este caso, esas corrientes de fondo fluyen por el terreno de la posesión; posesión como fuerza arrasadora, capaz de sepultar cualquier otro atisbo de sentimiento y de distorsionar actitudes y actuaciones. La protagonista, Ellen Berent, vive afectada por un síndrome posesivo con una capacidad destructiva realmente impresionante, y que se proyecta en todos los órdenes de su vida y sobre todas aquellas personas que le rodean: su padre –un personaje ausente físicamente, pero cuya presencia pesa, y mucho, en el desarrollo de la trama-, con quien le vincula un lazo casi edípico (hasta tal punto exarcebado, que sólo por el parecido con él estará dispuesta a romper una relación estable y prometedora con su novio, Russ, para arrojarse en los brazos de un más abducido que seducido Dick Harland –hipnotizado por su magnético y frío encanto-); su madre y su prima y cuasi-hermana, Ruth, a quienes trata con desprecio (a la primera) y odio desatado (a la segunda), fruto de unos celos frente a los cuales los de Otelo no serían sino ligeros resquemores; y los seres más queridos de su esposo –el hermano inválido de éste, Danny, y el futuro hijo común de ambos-, sobre los cuales no dudará en proyectar un impulso tanático irreprimible: si sólo la muerte puede apartarlos y conseguir que dejen de ser un estorbo entre Dick y ella –y su ansia de soledad absoluta en derredor-, adelante con la muerte. En tal tesitura, el desenlace final no deja de ser más que un corolario lógico a la propuesta dramática que la historia nos ha ido desgranando con un goteo constante y bien medido desde su flash-back inicial.

Para encarnar a esa suerte de némesis arrolladora, la opción fue la de una de las más grandes estrellas del estudio (Fox), Gene Tierney: belleza gélida y distante, su trabajo es muy desigual (aun así, no fue ello óbice para alcanzar una nominación al Oscar), y así como su frialdad interpretativa viene como anillo al dedo a aquellas situaciones que requieren ese registro de carácter (ejemplo significativo el de la secuencia en que Danny muere ahogado en medio del lago: sus ojos ocultos tras las gafas de sol y su rictus enigmático ofrecen una composición magistral), termina resultando, igualmente, una rémora para aquellos pasajes en que la situación dramática exige algo más de tensión expresiva. En el caso de su partenaire, Cornel Wilde, no se aprecian tales altibajos, ya que su personaje muestra un carácter mucho más plano, de mucha mayor estabilidad emocional, y él le confiere un punto de tranquilidad amable muy apropiado, pero su trabajo no pasa de ser meramente correcto. El resto del reparto (con mención especial para un Vincent Price con un papel secundario bastante breve, pero que cobra cierto relieve en el desenlace de la historia –una muy desvahída, tanto en su ambientación como en su plasmación fílmica, secuencia judicial: demasiado precipitada, quizá para no exceder un metraje estándar-) cumple su cometido con eficiencia, y, aun sin especial brillantez, soporta bien un examen de su trabajo.

Historia bien contada, con un rutilante Technicolor –que arrancaba con fuerza en estos años- y bien cuidada en sus aspectos accesorios –la música, de Alfred Newman, tiene una presencia puntual contadísima, pero da clima con adecuación absoluta a los requerimientos de la trama; y en cuanto a la dirección artística, el trabajo de Ransford y Wheeler también es muy bueno, especialmente en unos maravillosos, y perfectamente aprovechados, escenarios naturales para exteriores-, Que el cielo la juzgue se erige como un drama tenso e intenso, además de bien trufado de esos ribetes de negro que siempre enriquecen la capacidad de enganche de la historia: la buena obra de un buen cineasta, demostrativa de que no siempre es necesaria la genialidad del autor para poder degustar un plato de buen cine.


Aquí está la actriz que interpretó magistralmente a una de las mujeres más malvadas y bellas de la historia del cine Gene Tierney
BIBLIOGRAFIA
El glob de Manuel



miércoles 3 de junio de 2009

La Culpa


País: España
Año: 2009
Técnica: Grafito
Descripción: grafito lienzo
lámina:45x61cm

martes 12 de mayo de 2009

El arte de Amargarse la vida




SI ALGUIEN ME QUIERE, NO ESTÁ EN SU CABAL JUICIO



Ya que hablamos de amor, empecemos por una advertencia importante. Dostoievski
decía que el texto bíblico «ama a tu prójimo como a ti mismo» seguramente ha de
entenderse al revés, es decir, que sólo se puede amar al prójimo cuando uno se ama a sí
mismo.
Con menos elegancia, pero, en cambio, con más precisión, Marx (Groucho, no Karl)
expresó la misma idea decenios más tarde: «Ni por asomo se me ocurriría hacerme socio de
un club que estuviese dispuesto a aceptarme como tal.» Si usted se toma la molestia de
sondear la hondura de este chiste, ya puede considerarse preparado para lo que sigue.
En todo caso, ser amado es algo enigmático. Investigar para poner en claro el asunto,
no es aconsejable. En el mejor de los casos, el otro no sabrá qué decirle; en el peor de los
casos, resultará que su motivo es algo que usted mismo hasta el momento no había tenido
nunca como su cualidad más agraciada; por ejemplo, un lunar en su hombro izquierdo.
Otra vez y sin lugar a dudas, callar es oro.
Ya empieza a verse más claro lo que de aquí puede aprenderse para nuestro tema.
No acepte simplemente agradecido lo que la vida le ofrece por medio de su consorte
(que sin duda también merece su amor). Cavile. Pregúntese en secreto —no a su
consorte— por qué será. Pues éste, evidentemente, habrá hecho sus pensamientos se-
cretos al respecto. Y por cierto no se los va a revelar.
Personalidades esencialmente más importantes que yo se han afanado inútilmente
por desentrañar esta paradoja del amor humano y sobre el amor humano se basan
algunas de las creaciones más famosas de la literatura universal. Fijémonos en la frase
siguiente de una carta de Rousseau a Madame d'Houdetot: «Si Vos llegáis a ser mía,
voy a perderos, precisamente porque luego os poseeré, a Vos, a quien adoro.» Puede
que sea útil leer la frase otra vez. Lo que parece que Rousseau quiere decir es: el que
se me entrega, por esto mismo ya no es apto para seguir siendo el prototipo de mi
amor. (Este concepto aparentemente exaltado es de uso corriente en un conocido
país meridional, en donde el amante, convencido de su pasión, asalta a su adorada
para que le conceda su amor, y, tan pronto como ella se deja conquistar, la desprecia, pues
una mujer decente nunca habría hecho «esto». En el mismo país rige también el principio -
está claro, nunca reconocido oficialmente— de que todas las mujeres son putas, excepto mi
madre -ella fue una santa-. Es evidente, con la madre, «esto», naturalmente, no iría.)
En su obra famosa, El ser y la nada, Jean-Paul Sartre define el amor como un intento
vano de poseer una libertad como libertad. Sobre esto explica (19, pág. 434):
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«Por otra parte, (el amante) no se daría por satisfecho con esta forma eminente de
libertad que consiste en el compromiso libre y voluntario. ¿Quién se contentaría con un
amor que se diese como pura fidelidad a la fe jurada? ¿Quién aceptaría que le dijesen: «te
amo, porque me he comprometido libremente a amarte y no quiero faltar a mi palabra; te
amo por fidelidad a mí mismo»? De este modo, el amante pide el juramento y se irrita por
el juramento. Quiere ser amado por una libertad y reclama que esta libertad, como libertad,
ya no sea más libre.»
Más detalles sobre estas extrañas e insolubles complicaciones del amor (y de muchas
otras formas de conducta aparentemente irracional) los encontrará el lector interesado en el
libro Uíysses and tht Sirens (2) del filósofo noruego Jon Elster. Pero para cubrir las
necesidades del principiante, seguramente ya basta con lo dicho. Aun cuando no sea
capaz de lograr la maestría de los Grouchos Marx de este mundo, no por esto necesita
relegarse permanentemente a un bajo nivel de habilidad. El requerimiento clave es su
falta de convencimiento de ser digno del amor de los demás. Con esto, por de pronto, ya
se desacredita todo aquel que quiere a alguien. Pues el que quiere a alguien que no
merece ser querido, no está en su cabal juicio. Defectos característicos como masoquismo,
apego neurótico a una madre castradora, fascinación morbosa por lo de calidad inferior y
otros motivos de esta especie serían las explicaciones del amor del hombre o de la mujer
en cuestión y, por lo mismo, harían su amor insoportable. (Para escoger el diagnóstico más
satisfactorio se precisan unos ciertos conocimientos de psicología o al menos haber
participado en sesiones de grupos de encuentro.)
Y así se descubre la mezquindad no sólo del ser amado, sino también del amante y
hasta del mismo amor. ¿Qué más se puede pedir? De todos los autores que conozco,
Laing en sus Knots es el que mejor ha expuesto este dilema, por esto cito textualmente sus
palabras (9, pág. 18):
«No me aprecio a mí mismo.
No puedo apreciar a nadie que me aprecie.
Sólo puedo apreciar al que no me aprecia.
Aprecio a Jack,
porque no me aprecia.
Desprecio a Tom
porque no me desprecia.
Sólo una persona despreciable
puede apreciar a alguien
tan despreciable como yo.
No puedo querer a nadie
a quien yo desprecie.
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Como quiero a Jack
no puedo creer que él me quiera.
¿Cómo puede demostrármelo?»
Sólo a primera vista parece esto absurdo, pues las complicaciones que comporta este
punto de vista son clarísimas. Ello no tendría que desanimar a nadie; o como dice
Shakespeare en uno de sus sonetos: «Esto lo saben todos; pero no saben cómo huir del
cielo, que atrae este infierno.» Lo más práctico, en definitiva, es enamorarse deses-
peradamente de una persona casada, de un cura, de una estrella de cine o de una cantante
de ópera. De este modo, uno viaja lleno de esperanza sin llegar nunca. Y, además, se ahorra
la desilusión de tener que comprobar que el otro a lo mejor está dispuesto a aceptar la
relación, con lo que inmediatamente se convertiría en inatractivo.



EPILOGO


La regla fundamental que dice que el juego no es ningún juego, sino algo
tremendamente serio, hace que la vida sea un juego sin fin, que sólo la muerte
acaba. Si esto ya resulta bastante paradójico, aquí tenemos una segunda paradoja: la
única regla que podría poner fin a este juego tan serio no es ni siquiera una regla
de este juego. Tiene varios nombres que en el fondo significan lo mismo: honradez,
confianza, tolerancia.
Como canta el abad, responde el sacristán. Ya lo sabemos de cuando éramos
niños. Y también comprendemos que debe ser así; pero sólo hay unos pocos felices
que lo crean. Si lo creyéramos, también sabríamos que no sólo somos los creadores de
nuestra desdicha, sino que del mismo modo podríamos crear nuestra felicidad.
Este libro empezó con Dostoievski, y tiene que finalizar con él. En los Demonios,
dice uno de los personajes más enigmáticos que Dostoievski jamás creara: «Todo es
bueno..., todo. El hombre es desdichado, porque no sabe que sea dichoso. Sólo por esto. ¡Esto
es todo, todo! Quien lo reconozca, será feliz en el acto, en el mismo instante...» Tan
desesperadamente simple es la solución.


jueves 7 de mayo de 2009

Los Niños Llorones




Bruno Amadio



Bruno Amadio, popularmente conocido como Bragolin o "El Pintor Maldito", es un pintor italiano afincado en España tras la segunda guerra mundial, de fama algo extraña.

Es el supuesto creador de una serie de 27 retratos conocidos como los Niños Llorones.


Según la leyenda, este pintor, frustrado por su nula fama como artista, habría hecho un
pacto con el diablo para que sus pinturas fueran bien recibidas por la sociedad. Después de eso, realizó una serie de trabajos en los que destacaba la presencia de niños llorando. Uno de esos cuadros fue realizado a un niño que vivía en un orfanato. Más tarde, el orfanato se incendió con el niño adentro, y desde entonces se ha dicho que ese cuadro en especial adquirió el espíritu del niño. En Chile este cuadro es denominado por la prensa como El niño que llora.Se dice que si se gira el cuadro en 90º, con la cabeza del niño apuntando a la derecha, se puede ver a un pez que se come la cabeza del niño.


La gran expresividad y simbolismo que reflejan, emanada de la sensibilidad de autor e influidas por los acontecimientos sociales del momento, hacen de estos motivo de fábulas que nunca han sido corroboradas a ciencia cierta.


Se dice que estos cuadros atraen desgracias a quienes lo poseen. No obstante, ha sido el cuadro de mayor difusión de este artista, siendo muy solicitadas sus reproducciones en países como
España o Inglaterra, ya que algunos creen que protegen a los niños pequeños.

Video 1



Video 2


Video 3

jueves 23 de abril de 2009

Sad



All the photographs are peeling
and colors turn to gray, he stayed
in his room with memories for days, he faced
an undertow of future's laid to waste, embraced
by the loss of one he could not replace

and there's no reason that she'd passed
and there is no god with a plan, it's sad
and his loneliness is proof, it's sad
he could only love you, it's sad

the door swings through a passing fable
a fate we may delay, we say
holding on, live within our embrace
he lit a match, he laid in bed
hoping their dreams will bring her back, it's sad
and his loneliness is cruel, it's sad
he could only love you, it's sad

holding his last breath, believing
he'll make his way
if she's not forgotten
he's haunted
he's searching for escape

if just one wish could bring her back, it's sent
and his loneliness is proof, it's sad
he will always love you, he said

Pearl Jam



miércoles 22 de abril de 2009

Memorias de 2 jovenes recien casadas


(...)Ya estoy libre como tu, amiga mía!

Aunque no me hayas escrito a Blois, voy a ser la 1ª en rendir tributo a nuestras largas confindencias (...)

(...)

En estos ultimos quince días he callado tantas palabras, he guardado en mi corazón tantos pensamientos y guardo taol número de hechos y de cosas observadas, q solo a tí puedo contar, que no dudo recurrir a confindencias escritas a falta de nuestras conversaciones(...)


(...) ¿Cuando puede ser engañada una mujer?- pregunté a miss Griffith, al terminar la lectura del Adolfo.

-Cuando ama- respondió la institutriz

Dime pues Reneé ¿Luego un hombre podrá engañarnos? (...)